jueves, 16 de octubre de 2014

Esperanza de vida y felicidad

Primero, la noticia.
Titular: For sheep horns, biggest is not better (Para los carneros, no es mejor tener los cuernos más grandes).
Texto: A veces es mejor ser mediocre. Un nuevo estudio muestra que los carneros con las dos versiones del gen que dan lugar a cuernos más grandes o más pequeños, pasan más de sus genes a la siguiente generación que sus hermanos de cuernos grandes, que se emparejan más a menudo... Los resultados, publicados online en Nature, revelan que los carneros de cuernos grandes se emparejaron más en cada temporada, pero los de cuernos cortos viven más tiempo... y a la larga se emparejaron más que los de cuernos largos.
Mi comentario:

A principios del siglo XXI, muchos seres humanos de nuestro entorno cultural parecen obsesionados por el ansia de vivir el mayor tiempo posible. Los índices de felicidad con los que se comparan distintos países suelen incluir, como criterio muy importante, la esperanza de vida, como si vivir más fuese sinónimo de ser feliz.
¿Es siempre mejor vivir un poco más de tiempo? Para los carneros del estudio de Nature, parece que sí, puesto que así compensan la ventaja de sus hermanos cornilargos, pero se ha llegado a esa conclusión utilizando un criterio distinto de la duración de la vida en sí, a saber, el éxito en la transmisión de los genes a la descendencia.

Para los seres humanos, que compaginan la evolución biológica con la evolución cultural, además de los genes hay que tener en cuenta la herencia cultural (los memes, si se quiere llamarlo así). En realidad, siempre se ha considerado que el éxito en la vida depende de algo más que del hecho de vivir muchos años. ¿Alguien se atrevería a decir que Mozart no dejó un legado importante porque murió a los 35 años? ¿O que Tom Dooley no tuvo una vida feliz porque murió de cáncer a los 34? Dooley fundó Intermed, una sociedad de apoyo médico a países subdesarrollados, y continuó con su labor humanitaria hasta 15 días antes de su muerte.

El mismo artículo en inglés
Manuel Alfonseca

6 comentarios:

  1. Muchas gracias por tu comentario a la noticia, admirado Manuel. Estoy 100% de acuerdo. Y lo amplío. Los seres humanos somos, además, seres sociales. Y en este otro plano, hay que tener en cuenta una segunda consideración:

    No sólo somos nosotros, nuestras obras y el recuerdo que conservamos de todo ello; somos, también, la huella que dejamos en los demás. Esta huella es como el ‘molde’ de la conciencia que tenemos de nosotros mismos. Cualquier persona que converse con otra importante en su vida, tras cuarenta años sin haber estado en contacto, descubrirá aspectos de sí mismo radicalmente insospechados para él. Esta otra “existencia” ¿es o no es un elemento a considerar, junto a la evolución biológica y cultural? Un fuerte abrazo, Felipe Gómez-Pallete

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    1. Pues sí, por supuesto, "nadie es una isla", como dijo el poeta inglés Donne. Nuestras vidas están entrelazadas con las de los demás, y a menudo no tenemos ni idea del efecto o influencia que hemos podido tener respecto a ellos.

      Por eso, cuando alguien dice: "tengo derecho a suicidarme, eso me concierne a mí solo, no le concierne a nadie más" olvida que al matarse está matando al mismo tiempo todas sus relaciones futuras con los demás, y los está afectando.

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    2. El suicidio es un fracaso personal y un fracaso social, como usted muy bien dice, no solo afecta al autor material del acto en si, sino a todas sus relaciones en mayor o menor grado. No solo somos una isla, si no que nos miramos en el espejo de los otros, para reafirmarnos e incluso, todo lo contrario, para autodestruirnos.

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    3. Pero las relaciones con los demás pueden ser negativas hacia los demás, con lo que para ellos sería positiivo. Si Hitler hubiera muerto antes... ¿Hubiera sido un fracaso personal y social?...
      ¿Quién es alguien para decir lo que está mal y lo que está bien?

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  2. Jorge López Lázaro30 de octubre de 2014, 2:29

    ¿Y qué es "una vida feliz"? No sé si tiene sentido tratar de medir la felicidad, porque es un concepto muy abstracto, no es constante para un mismo individuo, y no está claro qué influye o deja de influir en ella. Por ejemplo, la esperanza de vida es algo medible objetivamente, pero no sé hasta qué punto influye en la felicidad. Supongo que depende de la persona: puedes vivir mucho tiempo y ser mayormente un amargado, o vivir muy poco tiempo pero estar casi siempre pletórico, o cualquier otra combinación.

    Por otro lado, tampoco veo clara la relación entre cultura y felicidad. Que Mozart dejó un gran legado cultural es indudable, pero su vida creo recordar que fue bastante miserable y llena de penurias y dificultades, así que dudo de que se pudiera describir como feliz. Personajes que se han dedicado a la cultura y que no parecían muy felices con su existencia hay muchísimos: Cesare Pavese, Edgar Allan Poe, Marilyn Monroe o, por poner ejemplos muy recientes, Phillip Seymour Hoffman o Robin Williams. El éxito tampoco es un factor determinante, porque algunos de estos se frustraron por su falta de éxito, pero otros eran indudablemente exitosos, e incluso así no felices.

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    1. En efecto, lo que dices en el primer párrafo es lo que yo quería decir en mi artículo.Y, por supuesto, tampoco la creación de cultura puede ser la única variable independiente para definir la felicidad. Tenemos tendencia a creer que todo lo humano depende de una sola variable. Así, Marx lo hacía depender todo de la economía; Asimov de la tecnología; etcétera. Es mucho más probable que la felicidad (si es que fuera cuantificable, que está por ver) sea una función de muchas variables. Por ahí iba mi artículo.

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